jueves, 30 de diciembre de 2010

Navidad

"Erase una vez un hombre desesperado en un día de invierno con un frío del carajo", pensó al levantarse. Así empezaría el cuento del día de hoy. Hoy era Nochebuena. Era uno de esos días crudos de un invierno crudo. Había dormido fatal. De hecho, casi no había dormido, flotando en una especie de incómodo duermevela y con un frio tal que parecía que le hubiesen amortajado con sábanas mojadas en mitad del Polo Norte. Se giró y vio a su mujer profundamente dormida, respirando pausadamente. Le rozó la frente con los labios. Estaba helada.

Entró en la habitación de los niños. Los dos dormían con esa paz que él envidiaba, sin recordar que un día fue así, sin tantas tonterías, sin tantos problemas. El ambiente gélido de la casa no lo era tanto allí. Una pequeña calefacción eléctrica moderaba los rigores de aquel invierno. El gas del piso estaba cortado desde hacía meses. No recordaba un invierno como ese. No lo recordaba y esperaba no volver a pasarlo. Estaba al límite. Sin más. En todos los sentidos, pero sobre todo, en el económico. No es que no llegara a fin de mes, es que hacía meses que no llegaba a principio. Lo que empezó con un despido de esos bastante bien pagado y algunos meses de margen, se había convertido en una travesía por un desierto interminable jalonado de embargos, cortes de luz, agua, teléfono y gas, llamadas reclamándole deudas, listas de morosos y un rosario de peregrinaciones primero a agencias de colocación, de búsqueda, de selección y luego a bancos, amigos y, cuando ya no pudo más, a la familia. A unos padres ancianos que sobrevivían con apuros y a su hermano, que mantenía con esfuerzo a mujer y tres hijos. "Hermano, ¿te acuerdas? El rico eras tu…", le dijo antes de soltarle algunos billetes. Luz para dos meses, pensó, recogiéndolos. Besó a su hermano y se fue. Otra puerta cerrada. Esquilmada. Quemada. Límite.

Se arregló y salió a la calle. Había quedado a las ocho y la entrevista era en el quinto pino. Era el tipo de entrevista inconcreta de narices que le ponía nervioso. Pero había decidido rematar todos los balones, fuesen centrados como fuesen, bien colocados o fatal, como era el caso. Le había llegado por un amigo. En una empresa estaban buscando gente para la administración. Gente de confianza, añadió. He dado tu nombre. Le había llamado un tal Olalla. Supuso que el de recursos humanos. Ya se imaginó el percal. Veinte chicas veinteañeras con sus estudios de administrativa o lo que fueran y él, con sus cincuenta tacos y su máster y su experiencia haciendo el ridículo antes de salir de la enésima entrevista con una promesa de llamada si resultaba elegido. Bestial. Distancia hasta un nuevo fracaso: dos kilómetros sobre un manto de nieve y bajo un manto de nieve. Hacía un frio que pelaba. Intentó ser positivo. "De ésta, o adelgazas, o mueres", se dijo.

La vio al salir. Era casi una niña. Sentada sobre la nieve, en la esquina, pidiendo a no se sabe quién. No debía llevar ni cinco minutos allí. A saber quién coño le mandaba sentarse allí con el frio que hacía. Ni abrigo tenía. Una especie de capa de camisetas bajo una camisa de chico hacía de abrigo. Los pies embutidos en unos calcetines de deporte rematados por unas manoletinas hechas polvo sobresalían de la pequeña manta que se había puesto encima. "Joder, va a coger una pulmonía doble", pensó. Rió secamente. Hacía siglos que nadie hablaba ya de pulmonías dobles. Pero cuando era pequeño, su madre se lo decía siempre: "abrígate que cogerás una pulmonía doble". Y claro, esto era como las tres horas de la digestión después de comer, una leyenda familiar más falsa que un duro de cuatro pelas. Pero falsa o no, esa chiquilla se iba a congelar sí o sí. Así que miró el reloj, volvió tras sus pasos, subió a casa, cogió una manta grande, comprobó que algo quedaba para que desayunasen los niños, se hizo con un paquete de galletas y lo bajó. Al pasar a su lado se las dio, manta y galletas. La niña alzó la cabeza y, mirándolo con dos ojos que eran clavaditos a los de su hija – azules, grandes, inocentes – le dijo: "Gracias, señor. Dios se lo pagará". Le contestó que sí, que vale, que Dios se lo pagaría, pero que hiciese el favor de irse a casa corriendo. Hizo que se lo prometiese y con la mentira a cuestas siguió andando.

Apretó el paso. Andaba justo de tiempo y llegar tarde a una entrevista de trabajo daba una imagen muy mala. Eso lo sabía. No hace tanto había contratado gente. Casi nada funcionaba, pero tenía una memoria suficientemente buena. Aceleró. La nieve caía con intensidad. Enfrascado en sus pensamientos no vio al hombre que, más lentamente, caminaba delante. No llegó a tirarle, pero casi. Balbuceó una torpe excusa y le ayudó a medio incorporarse. Le miró y creyó ver en el cuello tras el abrigo una especie de tira blanca. Un cura, pensó. Debía serlo porque sólo a un cura y a un imbécil como él se le ocurría pasear el día de Nochebuena a las siete y pico de la mañana con una nevada monstruosa. Tenía cara de buena persona. "Un cura viejo y alto que va a celebrar misa de ocho", se dijo para sí. Tenía facilidad para eso, para catalogar a la gente. Reemprendieron la marcha andando parejos. Nadie más se veía por allí. A lo mejor fue el cura el que preguntó o él se interesó por algo, pero el caso es que empezaron a hablar. Y a lo mejor fue la cálida voz del cura o cómo asentía a lo que le contaba, o esos silencios que intuía llenos de comprensión o la necesidad de contar los sufrimientos a un desconocido, pero el caso es que se sinceró. Mucho. Muchísimo. Y le habló de la lucha, de sus preocupaciones, de sus hijos que cuando lo veían abatido se lanzaban a abrazarlo, o de una mujer que no había torcido el gesto ni un día a pesar de las penurias. Y de su familia, y de la desesperanza y la esperanza. Y del agotamiento por la noche y la dura tarea de buscar trabajo por las mañanas. Y del convencimiento de que las cosas irían mejor y su teoría de que había que rematar todas las ocasiones. Y le contó que se dirigía a la enésima entrevista y que no sería la última. Y habló durante kilómetro y medio bajo la nieve. Y escuchó pocas palabras del cura, pero intuyó una reconfortante comprensión. Se despidieron en una esquina cercana al lugar donde iba. "Suerte", le deseó el cura.

Llegó poco después y entró en el edificio. Una secretaria con cara de fastidio le acompañó a una sala pequeña pero acogedora, despidiéndolo con un "el Presidente, el señor García de Olalla llegará en unos minutos". Estaba aterido de frio. Dejó abrigo, bufanda y guantes y se dispuso mentalmente a repasar su currículum.

Cuando se abrió la puerta supo que no haría falta.

También supo que la búsqueda había finalizado.

"Feliz Navidad", dijo Manuel García de Olalla.

Y su voz sonó cálida. Como antes. Bajo la nieve.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Seres superiores

Ahí están. Habitualmente haciendo equilibrios en lugares a los que nosotros nunca iremos. O si vamos será para ver, oír quejas, sacar fotos, contarlo a los amigos, ponerlo en el facebook, pedir a alguien o dar algo de pasta para ellos y olvidar lo antes posible. Pero aunque olvides, ahí siguen ellos. Seres humanos que han decidido que el prójimo es el pobre y el miserable, y han decidido dar su puñetera vida por el que sufre. A paliar la miseria. A vivir la miseria, a ser miseria. Porque la miseria huele mal, sabe mal, sienta mal y es jodida y mísera. Y estamos en un tiempo y un lugar en el que lo feo lo escondemos. Y lo feo de cojones, lo obviamos, amparados en la teoría cierta de que ojos que no ven, corazón que no siente. Y con la ventaja de que cuando sale por la tele, podemos cambiar de canal y pasar de ver al niño moribundo enfermo de sida y desnutrido con la cabeza huesuda y el vientre hinchado a pasar a ver a la zorra de Carmen Lomana probarse un collar de Tiffany´s de esos que cortan la respiración, cariño. O sea de los divinos, cielo. Y si aguantas la nausea de ver a esa momia muerta cubierta – como buena momia – de oro y vacuidad, a lo mejor te da tiempo de zapear dos o tres veces hasta recalar en algún programa de esos medio currados que eviten que vomites. Uno de esos de delfines, que son casi tan listos como los humanos y eso sí, cuando sonríen te enternecen el alma, no como esos jodidos niños negros moribundos de África, que esos te cortan la digestión con sus moscas y su mierda y esos ojos que nos miran. Joder. No pueden morirse sin tocar las narices.

Vivimos en una sociedad fuertemente anestesiada. Uno puede vivir toda su vida sin rozar la miseria. Y no hace falta ser multimillonario para eso. Hace falta ser sólo un desvergonzado. El ser humano tiene una responsabilidad grave frente al ser humano. Y si nos va bien adornarla de religión, pues perfecto. Pero no se trata de eso. Se trata de no esconder el ansia natural del hombre de ayudar al hombre. Es natural. Llevamos mal el sufrimiento y el horror. Las lágrimas brotan de forma espontánea ante el dolor ajeno, conocido o desconocido. Ninguno de mis amigos ha estado en Haití – frágil memoria – pero todos sentimos como propia esa desgracia. No hace falta teorizar. Es así. Algo nos une al resto de la humanidad. Ya habrá quien diga qué es. Yo no lo sé, pero sí que eso entra dentro de lo esencial del hombre.

Y algunos eso lo tienen muy claro y han decidido dar su vida entera o gran parte para paliar el sufrimiento. Por las más variadas motivaciones, todas nobles. Como Teresa, que se lanzaba a besar las llagas de los moribundos en Calcuta, siendo fiel a la Iglesia. O Vicente Ferrer, que cambió la vida de millones de personas y cuando – en un programa que vi – una periodista le preguntaba, con ese rollete progre-descreído en busca de la complicidad atea, si creía en Cristo, le contestó: "no, yo no creo en Cristo. Como no creo en ti. Yo te veo a ti. De la misma manera veo a Cristo". Y claro, la otra se quedó descolocada y sin palabras. O esas monjas que nunca salen por las teles, pero que dedican toda su vida al prójimo en sitios alucinantes en términos de violencia y miseria. Dando consuelo a hermanos nuestros de los que no nos acordamos nunca, tan preocupados que andamos con nuestras hipotecas, nuestras reuniones, nuestras depresiones, nuestros compromisos y nuestras mierdas. O como mi compañero de curso de La Farga Xavi Gómez, que se metió en Médicos Sin Fronteras y ha vivido con toda su familia en Ruanda y en otros sitios así, fáciles y bonitos. O como mi amiga la doctora Maite Lucena, que está siempre atenta a dónde hay un desastre para ir a toda leche a dejarse la piel durante días para salvar vidas o hacer lo que pueda. O como Ignacio, que se va a Vietnam con toda su familia (mujer y OCHO hijos) a – qué palabra tan bonita y tan desprestigiada – evangelizar por aquellas tierras. O como nuestros amigos Miquel y Montse que cada sábado van al Cottolengo de Barcelona – uy, ¡qué cerquita está! – a ayudar a aquellas que han decidido dar su vida entera por personas con enfermedades o taras gravísimas a las que consuelan a veces – porque no hay más que hacer – ayudándolas a morir dándoles la mano. Sin más.

Y conozco otros, héroes anónimos, que han decidido vivir esta vida un escalón por encima de los demás, aunque ellos siempre dicen que es un escalón por debajo. Son seres superiores. Con unas servidumbres igualitas que las mías. Pero con una actitud y una voluntad diferente. Una actitud que les lleva a ser unos inconformistas con las situaciones injustas. Y una voluntad que les ayuda a trascender de la mera queja de café, para ponerse manos a la obra.

Hay días que me siento un ser inferior.

Menos mal que vivo rodeado de amigos que son seres superiores.

¡Menos mal!

lunes, 29 de noviembre de 2010

Cristiano Ronaldo

No, si personalmente el pájaro me cae como una patada a traición en la boca del estómago. No me iría a tomar una copa con él ni aunque estuviera rodeado de todas las zorraherederas de imperios hoteleros. Que lo está. Me parece un cantamañanas. Me cae tan mal, que si por casualidad Sandro Rosell enloquece y echa a Guardiola y ficha a Paris Hilton como entrenadora del primer equipo (Laporta ha fichado para su ¡exitosa! campaña o lo que sea que ha hecho a la actriz porno Maria Lapiedra, así que todo puede pasar) y ésta nombra a Ronaldo como delantero centro y trajinador particular, me borraré del Barça y me haré seguidor del Español, que es un equipo que siempre está ahí, sufridor, pequeño y feo como el jorobado de Notre Dame, pero con una afición (gran misterio) que se identifica con esos colores tan cercanos al blanco…

Pero en el rollo profesional, el portugués de oro es otra historia. Además de ser uno de los mejores futbolistas del momento – lo de Messi, le guste a quien le guste y le joda a quien le joda es otro nivel – es un tío muy serio que entrena más que ninguno para ser el mejor. Que no sale cuando hay que currar – no como nuestro querido y simpático Ronaldinho, que acababa con las reservas de alcohol del Baix Llobregat fuera el día que fuese – y que, además, sabe que es muy bueno y no va por el mundo de humilde total ni agachando la cabeza por jugar tan bien al fútbol. Y eso es una de las cosas que más me gusta de este imbécil. Su total y absoluta falta de humildad. Me gusta.

Y me gusta porque Dios le dio unas capacidades determinadas, y el tío, como si fuera Terminator, se ha dedicado a potenciarlas, desarrollarlas, perfeccionarlas, machacándose para intentar ser el mejor. A fuer de ser exagerado, vive obsesionado con ser el número uno. Y si no lo es, es por mala suerte, porque ha coincidido con ese milagro en forma de pulga argentina. Y Cristiano me gusta porque no se calla. Lo dice, lo exhibe y lo echa en cara. Y sí, es muy cierto que si fuera humilde, pues sería estupendo para su alma y a los adversarios les jodería menos. Pero, objetivamente, en ese circo, no tiene ni un solo motivo para ser humilde. Ahora lo que tiene que ser es soberbio, altivo y gilipollas. Porque todo eso le define. Y porque los que empezamos a ser mayores, sabemos que tendrá miles de motivos para ser humilde a la fuerza cuando deje de tener esa velocidad explosiva, o su disparo pierda fuerza o precisión, o su hija se enamore de un carnicero bizco de Milwaukee o le pase cualquiera de esas cosas divertidísimas con las que la vida te va poniendo en tu sitio.

Además, es que a mí los humildes me ponen de mala leche. Naturalidad, joder. Si eres listo no tienes por qué ir diciendo que eres gilipollas o soltando insensateces para igualarte con los tontos. Y si haces tal o cual cosa con – como diría algún giliheadhunter – un desempeño superior, no tienes por qué ocultarlo, ni decir que sí, que en fondo eso lo hace cualquiera. Porque no es verdad. Y porque detrás de algo bien hecho siempre hay una cierta facilidad – o cualidad innata – o no, y – esto seguro - millones de horas de trabajo, entrenamiento, repetición, en suma, búsqueda de la perfección. Hay tantas horas – esto lo saben bien quienes se toman en serio cualquier cosa – que cuando te encuentras a un perezoso que, con cara de admiración te mira y te suelta, por ejemplo: "¡claro, es que tú tienes facilidad para vender consultoría!", lo que te apetece decirle es que sí, que la capacidad de venta de consultoría te la traspasan con la leche materna, y que se deje de gilipolleces y se ponga a currar. O que haga lo que le salga de las narices, pero que no toque los huevos.

Por eso, cuando Cristiano les dice a los periodistas, acostumbrados a acojonar al personal – otro día hablaré del poder de informar en manos de inútiles o indecentes – que "al que no le guste lo que hago que cierre los ojos" o "si le gusta el fútbol le gustará lo que hago" pues qué quieren que les diga, a mí que me gusta el fútbol, pienso, "olé tus pelotas, chaval".

A pesar de tu cresta, hortera.

¡Qué jugador!

¡Qué gilipollas!

lunes, 22 de noviembre de 2010

¡No quiero más amigos!

No sé muy bien por qué, pero resulta que tengo amigos. No hablo de mis queridos amigos del facebook, a la mayoría de los cuales ni conozco ni conoceré en mi puñetera vida. Hablo de los amigos de verdad, de esos con los que, en algún momento de la existencia, algo hice para conectar o no, y que tras varias desconexiones o conexiones, pues eso, tienen clavada esa etiqueta a la que la gente le da tanto valor.

Esto de los amigos es muy curioso, o sea, uno hace el mayor de los esfuerzos por vivir con el menor número posible de relaciones humanas cercanas y no hay manera. Parece que el ser humano tiene un imán en el alma. La gente te rodea, se acerca, se comunica más o menos torpemente, te suelta un rollo que te cruje, escucha tus chorradas y, al final, pasa eso, que tienes un amigo donde antes no tenías nada. Y eso debe ser normal y hasta bueno, porque cuando le preguntan a un fulano de andar por casa qué es lo más importante del mundo mundial y tres armarios, después de mentar a la familia directa – la suegra y todo el rollo "políticomatrimonialinevitable" lo obvian hábilmente – sueltan eso tan manido de la importancia de los amigos. Pues vale. Será así.

Hace un tiempo, cuando mi padre cumplió creo que 70 años, los hijos le montamos un sarao y un libro, hicimos una lista de amigos para que pusieran algunas palabrejas sentidas o no así como de recuerdo y cuando llevábamos 300 pues paramos, porque aquello amenazaba con ser el Larousse de la amistad. Y esto es así porque mi padre es un profesional de los amigos. Es de esos que llama siempre en los cumpleaños, santos, aniversarios, etc. Y claro, a la peña eso le encanta. Probablemente porque es lo que hay que hacer. Yo simplemente no sé hacerlo. O sea, no me sale. Pero bueno, no dejo de intentarlo. O sea, que estoy en ello (recurso dialéctico que significa que paso cantidad de hacerlo). Lo que es seguro es que si llego a los setenta mis hijos lo tendrán más fácil.

Pero aún así, tengo un montón de amigos. Algunos son de esos que desearías no haberlos conocido, más plastas que la gallina Caponata o más cursis que Antonio Banderas – alguno tengo que viste pantalones rojos y todo -, pero ahí están. Y supongo que ellos piensan cosas similares de mí, pero no se mueven los tíos. Como todo el mundo los tengo de todos los colores y condición, antigüedad, creencias, sexo y capacidad. Tengo amigos tontos del culo y lumbreras, amanerados y machotes, recién salidos del horno y con más telarañas que mis palos de Golf, cantantes, críticos taurinos, abogadetes, consultores, parados. Tengo hasta amigos curas, de esos de negro. Que ya es tener.

El otro día nos fuimos a cenar Maite y yo a casa de unos amigos. En este caso es cierto lo de matrimonio amigo, porque somos amigos de los dos. Él, un viejo rockero que a los cuarenta y pico y con ocho hijos detrás le ha dado la ventolera de montar una banda de pirados que tocan de maravilla. No sé si se disolverán en dos meses, pero en el "mientras" se lo están pasando como enanos. Ella, una mujer estupenda a la que el tiempo y la maternidad la han convertido en una mujer de bandera. Como añadido imprescindible andaba un amigo común, que – el cabrón de él - a los cuarenta sigue soltero y que el día menos pensado se levantará una torda espectacular como Dios manda y, tras el obligado paréntesis de prospección interior, la llevará al altar y se verá rodeado de churumbeles en menos que canta un gallo.

El caso es que entre la compañía, la cena ligera, los cigarrillos, las risas, los recuerdos amables, el vinito, los cafés y las copas, allí se estaba en la gloria. Tan en la gloria que a eso de las cuatro de la mañana – siete horas después del inicio de la cena – alguna empezó a decir eso de "estos señores tendrán que descansar" y, como pasa siempre, una hora después ya nos íbamos.

Y me dio por pensar. Ya se ve que pensar con un litro de vino y algo más de licor entre pecho y espalda da para desbarrar en chorradas múltiples. Y a mí me dio por pensar en que si el más allá para los buenos existe, quiero que sea esto. Y como las estupideces que pienso procuro, si no razonarlas, sí cuantificarlas – defecto heredado, sin duda, de un padre ingeniero – pensé: unos 10.000 millones de humanos allí, todos en plan celestial, a un par de horas de cenas gloriosas con cada uno, salen unas 20.000 millones de horas de gloria bendita, bebiendo y comiendo como en casa de Jordi y Marta, o sea inenarrable. Y eso, según un cálculo que me he molestado en hacer, resulta que son – más o menos – unos 2 millones de años. Eso sólo cenando.

No quiero ni pensar el resto del día.

Levito sólo de pensarlo.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Ratzinger

Que sí. Si está más claro que el agua. Que tiene menos gracia que Juan Pablo II. Es menos viajero, tiene una cara como menos afable, más dura, de esas que les queda mejor un reproche que una sonrisa. Que sí, que conecta menos con el pueblo y a algunos católicos – entre los que me cuento – pues eso, que nos mola menos que el otro. Mi mujer, que es muy buena persona, dice que este Papa es más de leer que de escuchar. Pero a mí eso me suena a excusa de santo. Y la verdad es que este Benedicto XVI queda peor en la tele y en las "afotos". Eso es indudable. Y, además, ese rollo de que ha sido el inquisidor de la Iglesia ha calado en la peña, que jaleada convenientemente por algunos que odian a la Iglesia, ha hecho que gente de bien mire con recelo a un hombre sobre el que descansa una responsabilidad enorme y que nadie quiere. Ni los cardenales. Porque como me dijo un pariente mío, que fue cardenal durante muchísimos años: "Para ser cardenal, hay cola. ¡Pero para ser Papa no hay ni uno!". Y es que el Cardenal Javierre, además de ser un santo y un teólogo de una gran finura, era un tío muy divertido.

Hay biografías sobre Benedicto XVI y más que las habrá. Un cura amigo mío, Pablo Blanco, ha escrito un tocho que debe ser una maravilla y que un día, probablemente cuando ya no sea Papa, me leeré. Pero yo, que de Ratzinger sé más bien poco, sé algunas cosas. Por ejemplo, que en la época post conciliar, entre floridas interpretaciones del Vaticano II y estrategias de penetración marxista en la Iglesia, concretamente en las comunidades de base, específicamente en Iberoamérica pero también en España y Europa, con el apoyo intelectual inestimable de la teología "progresista" alemana y algunos jesuitas españoles (el otro día en la Vanguardia el jesuita liberacionista – marxista González Faus daba lecciones sobre el Celibato citando el tío en un artículo más bien cortito - en todos los sentidos - desde Casaldáliga hasta Boff, lo que tiene narices y mérito… ¿alguna idea propia, Padre?), no fue sino el cardenal Ratzinger quien se mantuvo firme como una roca frente a esas desviaciones liberacionistas. O sea, marxistas en su inspiración, constitución y praxis. Vacías totalmente de teología y llenas de una antropología directamente marxista. Fue Ratzinger (y obviamente Juan Pablo II) quien luchó como pudo contra esa marea, desde mi punto de vista, perfectamente orquestada en aquella época por el marxismo internacional, de manera que caído el muro, se acabó la teología de la liberación, aunque no sus efectos en forma de profunda división de la Iglesia en muchos países, esencialmente latinoamericanos.

Mientras su amigo Küng desbarraba (es así, son amigos), él mantuvo incólume el dogma. Y sí, ya sé que eso jode cantidad a los que piden que el dogma se disuelva como una azucarillo y que el derecho divino positivo pase a ser derecho (o no) mundano para que la Iglesia se haga más comprensiva con los que quieren chingar con la mujer del prójimo sin que sea pecado o aquellos que quieren que se abra a la gran verdad de que la persona es o no es persona dependiendo de lo que apruebe un parlamento (como si algunos cientos de representantes - alguno tonto del culo - pudieran conformar realidades que exceden de sus pobres entendederas), o aquellos que, con la excusa de un gran amor eclesial (me descuajeringo de risa), no tienen contemplaciones en masacrar a todos los que guardan estricta fidelidad a la Iglesia y a Cristo.

Y ha sido Ratzinger quien, con un par de narices - ¡ya era hora! – y, tras unas vacilaciones iniciales que me pusieron muy nerviosito, ha empezado a destapar los nauseabundos casos de pederastia en la Iglesia. Y a pedir perdón. Y a decir que se han hecho cosas muy mal. Y a provocar una crisis en la Iglesia de la que saldrá – sin duda -más pura. Sólo me ha faltado que entregase uno por uno a las autoridades a todos esos hijos de mil padres, abusadores y violadores, para que purgaran, por ejemplo, en la galería de los sodomitas, antes de irse al cielo o a donde vayan a ir esos delincuentes. Gentuza.

Este sábado iré a recibirle al Palacio Episcopal con mi mujer y los siete.

Y al día siguiente iré a verle a la Sagrada Familia, con mi mujer y los siete.

Por todo lo anterior y, si, un poco para joder a esa peña que odia a la Iglesia. Pero sobre todo porque, con sus enormes imperfecciones – mínimas comparadas con las mías -, es Cristo en la tierra.

Y eso es muy serio. Para un católico, demasiado serio como para no ir.

Bienvenido, Benedicto XVI.

lunes, 25 de octubre de 2010

El florecimiento de los capullos vivientes

Sólo pensar que existe la remota posibilidad de que permitan el uso de los teléfonos móviles en los aviones me provoca crueles sarpullidos y océanos de sudores fríos; tan mal me encuentro que estoy a pique de telefonear a mi queridísimo Pepiño Blanco y rogarle e implorarle por Santa Bibiana, Santa/o Bibi Andersen, Santa/o/e Aído y la Beata de Virtudes Heroicas Pajín que haga uso de los poderes delegados por el gótico-dórico-jónico y lo prohíba. Por la gloria de su madre. Por Dios bendito. Por el descanso y la paz de mi alma, Rubalcaba mediante.

Están a punto de violar el último sacrosanto lugar de las personas normales. Los gilipollas se meten por doquier. Y este doquier - estrecho, incómodo y mal ventilado, pero vedado a los móviles – era hasta la fecha inexpugnable, bajo las incomprensibles y peregrinas excusas cantadas por la azafata de turno: "Rogamos apaguen los dispositivos electrónicos por el riesgo de que produzcan interferencias con los instrumentos de vuelo". A mi esta frase me parece preciosa, y junto a la gilipollez del chaleco salvavidas en el puente aéreo - por si te caes al Ebro, no vayas a sobrevivir al tozolón y te mueras ahogado -, es una de mis preferidas. Porque está dicha para que la gente la escuche, pase de todo, cierre los ojos y se duerma. O no. O vuele aterrorizada. O se sople tres whiskies. O lo que suela hacer en el avión, pero con la seguridad de que esas palabras de la azafata dando instrucciones absurdas son las únicas que oirás de fondo en todo el vuelo.

Pero eso está a punto de acabar, si alguien no lo remedia, que no lo remediará. Vamos a perder sin lucha el último lugar público que quedaba a salvo de los zombies androides con móvil incorporado que, como aquella peli de Bruce Willis, creen que están vivos, pero en realidad están muertos y que han tomado ya todo espacio público, sagrado o pagano.

Según mi experiencia, los hay de dos tipos: los muertos que se creen Consejeros Delegados de ENDESA y los muertos que se creen Madoff. Los dos creen que están vivos, viven en un mundo que no existe, no saben que han muerto, odian lo que hacen y se creen más de lo que son. A veces interactúan con el mundo que les rodea pero su estado natural es hablar a gritos con un teléfono móvil con – según he podido comprobar - dos objetivos: cerrar absurdos acuerdos que nadie se cree con otros muertos que se creen también Consejeros Delegados (suelen ser IBERDROLA) y criticar o dirigir a otros prójimos que sólo existen en su imaginación. Las conversaciones suelen ser de esta guisa: "Loli, cariño, ¡Cómo es que no han llegado los tablones de contrachapado a nuestra delegación de Ciudad Real! ¿Está Jiménez detrás de eso? ¿Cómo es posible que el track no funcione? ¡Contratamos la trazabilidad de la madre que parió al RFID para estos casos! Habla con la central y que Benita les de caña a esos hijos de puta. ¡Yo no puedo perder ese pedido! ¡Pon a Ramírez en marcha y dile que YO he dicho que enruten la archiCPU del cuadro madre y que, si no chuta, reseteen el sistema entero. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…! ¡Que lo hagan! Just do it! Be water!... o todo desaparecerá como lágrimas en la lluvia ". Y el capullo florecido con esa especie de cosa ridícula sobre su oreja, cuelga o lo que carajo haga, para inmediatamente contactar con el resto de la peña y seguir tocando los huevos un rato.

Es una auténtica tragedia, pero es un hecho incontrovertible: con la llegada del otoño, junto con la caída de la hoja caduca, los capullos perennes florecen que es una barbaridad. Y a mí que florezcan en el amapolado campo me trae al pairo. Pero que lo hagan en el impoluto y cerrado AVE Barcelona – Madrid o a la inversa, me pone de mala leche. Como tengo siete hijos, procuro viajar en preferente – me sale tirao – con la vana esperanza de poder evitar a esos vendedores de cuarta híbridos entre Belén Esteban y Joan Laporta. Pero ya han invadido la preferente y paso de cambiarme a Clase Club. Esto ya es un pastizal y lo dejo para la Nebrera, la Sánchez Camacho y otras políticas así, de alcurnia. Así que me iba en avioncete, a salvo de esta sarta de capullos. Pero esto se acaba. No me dejan más alternativa que aguantarlos. O sea, no sólo no puedo fumar, sino que además estoy obligado a soportar sin arrear guantazos a todo pesado con una Blackberry.

Es curioso. Lo he dicho en algún sitio (cada vez que puedo), pero lo repetiré: el acceso de gente sin ninguna formación a puestos de responsabilidad es letal para las empresas y molesto y casi letal para el resto del mundo.

¿Para cuándo móviles con fotos de capullos asesinados por gritar en espacios cerrados?

"Gritar por el móvil puede provocar la reacción airada del prójimo. No sea imbécil", sería la leyenda.

Pero no caerá esa breva.

A joderse toca.

martes, 7 de septiembre de 2010

¡La hostia!

Madrid. Finales de Julio del presente año. 36 grados al sol, 30 a la sombra, 23 en las lujosas oficinas de una empresa española gordísima. Yo, con traje azul cruzado de verano. Esperando. Mi acompañante, con traje de entretiempo (craso error). Ha venido sudando como un pollo, pero parece que la climatización del edificio va devolviéndole a su ser sólido. Menos mal. También a la espera. Se abre la puerta y aparece el Consejero Delegado. Cordiales apretones de manos. Cruce de corteses intereses. El viaje, bien. Madrugón, ya sabes, etcétera. Y la gran declaración del másmanda: ¡Es que joder, Carlos, en esta puta ciudad hace un calor de la hostia!

San Quirico de Safaja. 16 de Agosto del corriente. 27 grados en la piscina del Club El Roure. Tumbado sobre el césped en bañador. Entre matrimonios amigos, niños, suegras y semovientes. Un tipo inmenso se despereza, se medio incorpora para decir: ¡Aquí se está de la hostia! Después se desploma sobre su toalla, supongo que agotado del esfuerzo mental de tal declarada y sigue tomando el sol como un lagarto, a la espera de que otra neurona se le despierte.

Y entre una reunión y otra, un sinfín, una retahíla inacabable de hostias que hacen que la relación con algunos seres humanos sea más desagradable de lo que debiera. Y es algo consolidado. De moda permanente y desde hace años. Yo lo oí por primera vez a los trece años (¡trece!) y me produjo una sensación incómoda, un malestar interior de una cierta intensidad (tanto que hasta lo recuerdo…) porque para lo que aquel cabestro era una vulgar expresión, para mí era una blasfemia. Y los trece años yo tenía muy pocas cosas claras, pero una de ellas era que la Hostia era el cuerpo de Cristo consagrado, y que uno puede (y debe) patinar con muchas cosas. Pero con otras, exactamente con las que conforman el núcleo de creencias a las que agarrarte cuando todo se va a la mierda, o cuando estás a punto de palmar, con esas mejor no jugar. Por muchos motivos, esencialmente relacionados con el respeto al prójimo (en segundo lugar) y el respeto a Cristo (en primer lugar).

Pero es una batalla perdida. No sé por qué, pero blasfemar contra el Dios de los cristianos se ha puesto de moda. Será que los católicos somos así, comprensivos, tolerantes y caritativos de cojones, y permitimos que se rían, mofen y befen de nuestras creencias más básicas sin mandar a tomar pol culo a a nadie. Con excepción de Italia (y en mucho menor grado) yo nunca he visto algo semejante en otros países. Vaya, no pongo el ejemplo de Argentina, donde los católicos se persignan al pasar ante una Iglesia, con la misma naturalidad con la cruzan la calle, o Marruecos, donde a nadie se le ocurre blasfemar sobre Alá o Mahoma (te cortan las pelotas). Pero en los países civilizados, las creencias del prójimo son sagradas y la peña anda con mucho cuidadín antes de ofender a los demás con expresiones de ese tipo.

Pero aquí somos así, señora. Diferentes. Tolerantes. Groseros. Sin ningún respeto al prójimo. Iletrados como pocos. Paletos, analfabetos y cortos de vocabulario. Y algunos, blasfemos. Será por la guerra, las dos Españas, los curas o la Pasionaria, pero este es un país cutre. Nunca hemos estado más formados y menos educados. Y las cosas han dejado de ser impresionantes, sorprendentes, fabulosas, inenarrables, indescriptibles o simplemente bonitas, para pasar a ser "cosas de la hostia".

¡Diccionario, por Dios, Diccionario!

Y respeto, joder.

El mismo que esperan esos cortos de vocabulario.

El mismo.

lunes, 28 de junio de 2010

La negra

Era la mayor de nueve hermanos. Cuando la conocí frisaba los cuarenta y, aunque mantenía silencios desconfiados, tenía una mirada limpia y alegre. Había nacido en un minúsculo pueblo campesino cercano a Guayaquil en Ecuador y traía como única pertenencia una mochila vital de esas que uno intuye como pesadísima, pero que ni es capaz ni quiere conocer en su totalidad. Estuvo en casa dos años. Entró el día en el que nació Cristina –a la que adoraba - y se fue una semana antes de que nacieran los gemelos.

Lidiaba con las niñas con la maestría de Manolete y a las vecinas histéricas por el ruido de los niños las trataba con una exquisita educación. Un día una vecina nerviosa la llamo negra y cuando llegamos a casa la encontramos hecha un mar de lágrimas, lamentando la bajeza de ese ser deshumanizado. Luego nos enteramos de que su padre la llamaba negra mientras le propinaba unas palizas brutales. Panda de hijos de puta.

Era puntual como un reloj. Cocinaba fatal una especie de guisos ecuatorianos que los niños devoraban con fruición. Los niños devoran cualquier cosa. Maite y yo evitábamos disimuladamente sus guisos y, ella, que de tonta no tenía ni un pelo, empezó a cocinar con poco éxito algunos platos españoles. Agradecimos el esfuerzo. Estuvimos dos años comiendo fatal. Aunque leía con cierta dificultad, se calzó el Quijote de la "a" a la "z", subrayando con un lápiz las palabras que no entendía para buscarlas en el diccionario y haciendo una marca más profunda allí donde había dejado de leer para retomarlo al día siguiente. Nos iba comentando lo desventurado que era el caballero y cómo era posible que nadie le hubiese ayudado. Aunque se lo regalamos, lo olvidó en casa. Guardo ese libro. Hay libros que no hace falta abrir para aprender de ellos.

Era como de la familia, aunque yo sabía que se iría un día sin decir adiós. Todas lo hacen. Un amigo mío, Francisco Mas, me lo dijo un día: "nunca esperes educación o agradecimiento de quien lucha por salir de la miseria. Limítate a ayudarles. Te utilizarán. Y hacen bien. Déjate utilizar y cállate". Y eso hicimos. Removimos Roma con Santiago para legalizar su situación. Y lo conseguimos en una de esas regularizaciones extraordinarias que se sacó de la manga algún gobierno Aznar. Consiguió los papeles un viernes. El lunes ya no apareció.

Nos sentimos traicionados. Es más, a menos de una semana del nacimiento de los gemelos, consideramos la huida como una afrenta personal. Pero duró poco. El tiempo de darnos cuenta de que ella había sido una ayuda insustituible en un periodo en el que necesitábamos no una mano, si no dos. Ella las dio con generosidad. No era justo ser desagradecido. "Déjate utilizar y cállate".

Hace una semana me llegó una comunicación de algún ministerio de esos que se encargan de que los emigrantes mueran envueltos en papeles absurdos en los que, a falta de domicilio actualizado – hacía ya más de seis años que se había ido – le comunicaban algo sobre unas ayudas oficiales a determinado colectivos de emigrantes.

La busqué para darle el papelito pero no la encontré. Los amigos y los móviles de los emigrantes son de corta duración. Con mucho escepticismo, tecleé su nombre en google. Y ahí estaba. Nombre compuesto completo y dos apellidos. El Gobierno de Navarra le había dado una autorización y una subvención para montar una tienda de chuches y un cibercafé en Cintruénigo, pueblo de Navarra. De Guayaquil a Cintruénigo pasando por Barcelona. ¡Qué maravilla!

Se llamaba Lorena y había viajado doce mil kilómetros para cumplir un sueño: tener algo suyo.

Creo que ha empezado a cumplirlo en Cintruénigo, tierra de promisión.

Ojalá ningún mal nacido la vuelva a llamar negra. Ojalá sea feliz. Ojalá sea la reina de las chuches.

Lo deseo de corazón, Doña Lorena. De verdad.

Gracias.

viernes, 4 de junio de 2010

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?

Hace un tiempo conocí una vidente. Que era vidente lo decía ella. Yo me limito a repetir sus palabras. Veía cosas que iban a pasar y escudriñaba sobre lo acontecido. Se llamaba Violeta y no daba ni una. No acertaba ni por casualidad. Vaya, era tan mala vidente como buena persona. Yo era muy amigo de su hijo y – tras mil invitaciones a comer a su casa – me había adoptado como uno más. Los shows de Violeta empezaban siempre con una ortodoxa oración católica porque – según decía ella – "no hay más futuro que el que nos es dado ver por el Señor". Luego desbarraba cantidad, decía cosas rayanas en la herejía, hacía sus pronósticos que fallaba inexorablemente y tras un par de teatrales volteretas, salía del trance sin recordar nada de nada. Alfonso y yo nos descojonábamos de risa y la dejábamos ahí con sus trajes y sus copas y sus cartas y su incienso y sus cosas y nos íbamos de juerga hasta el amanecer (de los vivos).

Violeta era una farsante y, además, una fallona. Pero siendo eso público, tenía su consulta hasta los topes. De eso vivió hasta que se murió. Yo rezo todos los días por ella para que allí en el cielo le dejen hacer trampillas sobre el futuro y siga siendo feliz, la tramposa de ella.

El hombre es un ser trascendente. Nos guste o no, esa cantidad de neuronas que tenemos sumado a esas billones de conexiones eléctricas que pululan por nuestro tarro hace que nos preguntemos alguna vez en nuestra vida qué cuerno hacemos aquí y nos rebelemos contra la sola idea de que nuestra historia acabe aquí. ¿Por qué tengo conciencia del yo si ese yo desaparece? Luego la hipoteca, y los hijos y las reuniones y los consejos de administración y el paddle y la suegra nos llenan la vida de tonterías y nos podemos pasar años sin volver a pensar en esas cosas del más allá, liados como la pata de un romano con las del más aquí. Y así nos va la película.

Y es natural que así sea, porque pensar en lo trascendente implica necesariamente pensar en uno mismo sin más escudo que la piel. Y no es fácil porque tenemos más capas que una tortuga. Y muchas de esas ni sabemos ni, sobre todo, queremos quitárnoslas, porque nos protegen de un mundo hostil, pero, esencialmente, de nosotros mismos. Vivimos acomodados en unos principios mudables qual piuma al vento. Y cuando nos cruzamos con gente que vive aferrada a sus principios a pesar del oleaje, a contracorriente, superando vientos huracanados, los miramos con una cierta displicencia y pensamos – y a veces decimos – que son unos talibanes, fanáticos y ultraortodoxos, cuando no intolerantes y fascistas.

Pero no, hay mensajes que merecen mucho la pena. Para los cristianos (practicantes o no) es muy fácil conocerlos. Hace más o menos dos mil años nació un niño en Belén. Cuando se hizo mayor, se dedicó a lanzar mensajes de eternidad. No para el género humano, que también, si no para cada uno de nosotros. Y ahí sigue, el pesao del Él, buscando de todas las maneras posibles nuestra amistad.

Y muchos de nosotros, rechazándola.

Fue Lope de Vega, ese genio de enormes miserias y grandezas, quien lo plasmó de forma insuperable:

    ¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?

    ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío

    que a mi puerta, cubierto de rocío,

    pasas las noches del invierno escuras?

Nada tenemos. Es más fácil. Somos infinitamente amados por voluntad libérrima. Ahí empieza y acaba esta película. Tengo un amigo cura que gastó buena parte de su vida en el Raval de Barcelona entre putas, travestis y drogadictos. Contaba que en una ocasión una prostituta en la calle se le sinceró diciéndole que nada valía, ni ella ni su vida. Y Quico, se le quedó mirando, y le dijo: "tú vales toda la sangre de Cristo".

Y convirtió esa esquina de miseria en una esquina de esperanza.

De eso va este rollo.

De amar al prójimo. Nada más. Y nada menos.

El resto son milongas…

… pampeanas.

viernes, 7 de mayo de 2010

Los bingueros

Los bingueros eran, en esa especie de película de los años 70, los cómicos Fernando Esteso y Andrés Pajares, representantes genuinos de aquella España subdesarrollada, analfabeta y cutre que, entre la libertad de Jarcha y la baja cuna de Cecilia, se lanzaba a ser libre sin saber muy bien cómo. Creo recordar que la película iba de un par de imbéciles que intentaban solucionar sus problemas económicos fiándolo todo al azar.

Y de eso iba ese bodrio y de eso va este bodrio en el que el ínclito, y a la par, dórico, Don José Luis Rodriguez Zapatero, nos ha metido. Lo que pasa es que en esta película los imbéciles se cuentan por decenas. Y los palmeros de este desaguisado por millones. El primer binguero, si no me falla la memoria – que no me falla – fue el tuerto indestructible Don Pedro Solbes. Vamos a ver. Lo vi yo y lo vio toda España en el primer semestre del 2008 decir que "hablar de crisis es enormemente exagerado". A esas alturas ya los analistas pronosticaban un meneo económico de tres pares de narices. Y mi padre, que de economía no sabe nada, había escrito semanas antes el informe sobre la Crisis Ninja explicando lo que había pasado y pronosticando una crisis insondable, que es en la que estamos inmersos. Lo que pasa es que a Solbes, este binguero incapaz, le siguieron como una panda de retrasados toda la patulea económico – socialista – sindical, centraditos todos ellos en mantener sus cargos, sus visasoros, sus prebendas, sus mamandurrias y sus desvergüenzas a buen recaudo. Y los bancos, cajas de ahorro y consumer banks, con datos ardiendo encima de la mesa, se callaron como putas, bailando el agua al tuerto por aquello del "hoy por ti, mañana por mí", y sabiendo que si no daban caña al Gobierno, éste respondería salvándolos cuando los riesgos se dispararan, los activos que los soportan se devaluaran y entraran en quiebra. Como así ha sido. Quiebra que hemos salvado con nuestra pasta. La misma que nos piden con una desvergüenza sin par cuando nos retrasamos en el pago de la hipoteca. Gentuza.

Pero esto se ha acabado. Anda el de León aterrorizado. Ha descubierto tarde y mal que el dinero – ese bien fungible, como definieron los romanos – tiene más miedo que él. Y que el inversor lo que busca es forrarse. Y que cuando un país está peligro, el inversor serio se abre y el especulador lo masacra. Y, lo siento, seré profeta, pero esto no tiene vuelta atrás. Vamos directos a la intervención de Europa. No sólo por razones macroeconómicas (que también), si no por una fundamental: España no es fiable. Y eso, como los buenos economistas (y los políticos deberían saber) no se soluciona con un compadreo de chicinabo. Se han juntado el gótico con el "señor de los hilillos" (recuerdo la impagable imagen de Rajoy explicando que del Prestige salían unos hilillos de fuel, mientras la televisión nos mostraba como salía el petróleo a chorros enviando a los percebeiros a buscar percebes a Indonesia) y tras un apareo mediático – electoral, han parido un jodido ratón.

Y ese ratón es insuficiente para tranquilizar a los mercados. Lo sé yo y lo sabe todo el mundo. Menos ese par de imbéciles. Y lo de la Moncloa no era si no la última oportunidad de hacer algo serio. Ya está. Se ha perdido. España no remontará sin reformas estructurales de calado (financiera, laboral y un ajuste de los de verdad). Debería Zapatero mirar lo que hizo González que se metió en una reconversión necesaria y soportó huelgas y un lío social de narices para hacer lo que había que hacer. Pero es que (con todo lo que era González), las comparaciones son odiosas. Aquel era un gobernante. Este es un mindundi.

Un mindundi que vive acojonado intentando evitar que los sindicatos le monten un pollo mientras condena a la miseria a su país. Sin más. Lo que no sabe este es que los sindicatos le montarán un pollo igual en cuanto empeore la situación, que empeorará sin duda.

Es, además de un inútil, un inmoral al que el pueblo le importa tres huevos.

Hasta ahora el ínclito ha aguantado a ver si, por un casual, esto empieza a tirar y cantamos bingo.

Pero ya no. No cantaremos ni línea.

Esto se ha acabado.

Sólo cabe sentarse a esperar que reviente.

Que lo hará.

Sin duda.

jueves, 29 de abril de 2010

Mouriño

Piojoso, liendroso, potroso, enano, tripasdehule, hocicotordo, morroputa, mugroso, borracho, teatrero, cobarde, mojón, cabrón, pelotudo, payaso sudaleches, barriobajero, corrupto, papanatas, zumallo, zamarro, bribón, canalla, chuloplayas, mangurrino, pavón, cenutrio, cabezón, rencoroso, canalla, boludo, trucho, comemierda, soplagaitas, mamarracho, tontolaba, pendejo, tragasopas, villano, arrugado, traidor, tarado, pinche, baboso, cierrabares, bocabuzón, sinvergüenza, bilioso, mafioso, vuelcapupitres, pulgoso, fistro, pecador de la pradera, sinsorgas, fangoso, bocarratón, cateto, hipotenuso, pesao, obtuso, tragasables, malo, paquete, correveidile, chivato, bufón, cazurro, amargado, cretino, homologable, soso, cutre, violetero, perfumao, fumeta, paleto, pringao, hortera, cantón, haragán, borde, pocagracia, atontao, grifoso, mentecato, miserable, , moñas, palurdo, negrero, panoli, pelandusco, botarate, pesetero, pregonao, jartosopas, pijorroncho, abrazafarolas, pirado, porrero, almendrao, malabotonao, puñetero, ratero, roñoso, sabandija, sarnoso, soplaflautas, sopladordevidrio, tarugo, borde, tocapelotas, revientabaúles, torpe, vividor, vivales, zángano, tanguero, tahurdelmississipi, zopenco, merengón, zorronazo, vulgar, acojonao, ajqueroso, dictador, marimandón, basura, berzotas, bobo, apergaminao, broncas, cagao, calzonazos, ceporro, chorizo, desgraciado, cagamandurrias, descerebrado, hijodemilpadres, desubicado, bolero, pegacromos, engañabobos, filibustero, envenenasuegras, estafador, provocador, escocío, farsante, gángster, frustrado, patasgallo, delincuente, gañán, perillán, granuja, greñoso, guarrindongo, huevón, ignorante, tragalitronas, caraleches, colgao, sacamuelas, mentecato, mantecao, vivalavirgen, marsupilami, enano, gorilón, patoso, iluminao, pavo, vil, alpargatero, tacaño, negado, concentraodeuva, calimero, rijoso, poliasqueroso, megasudao, culibajo, cuellicorto, tuerto, atabacao, friki, indocumentado, robaculero, soberbio, alucinado, cizañero, marmota, vago, carroñero, botarate, tapia, leño, ordeñacabras, enjabonao, botijo, candelabro, parao, pulloso, caraculo, suplicao, vidrioso, lombriz, pastoso, atontolinao, taponado, cuentista, fantasioso, macarra, asaltaviejas, ratero, apandador, golfo, mindundi, gangosomental, zurrón, pelao, salido, mantero, abusón, binguero, buscón, secretariodeestado, creído, ganso, morralla, rufián, estreñido, quinqui, carcamal, besugo, empotrao, milonguero, blasonao, bergantín, pirata, triposo, panzudo, follonero, plúmbeo, chamarilero, alfeñique, petardo, pandillero, gusano, .enajenao, prescindible, mendrugo, chupacabras, versero, regadera, fantasmón, empanado, pijo, chaquetero, metepatas, bocazas, chorra, trolero, chupatintas, amañao, segundón, descontrolado, chupóptero, bluf, tocino, capuma, enchufado, culiprieto y tramposo.

Y si, un gran entrenador.

Eso sin duda.

domingo, 25 de abril de 2010

¡Volando voy, volando vengo!

Magma. Acumulación. Presión. Estallido... Un montón de piedras, agua y cenizas (¿a qué cacho de guijarros le llamarán cenizas?) por el aire y todo se ha ido a tomar el viento, nunca mejor dicho. O sea, Europa entera se ha paralizado porque a un puñetero volcán de una puñetera isla le ha dado por saludar un poquito y decir ¡hola, que estoy aquí! Uno de los miles que hay en el mundo. No quiero ni pensar lo que pasará el día que se junten dos amiguetes de piedra con ganas de juerga y decidan comunicarse a base de erupciones. Ese día apaga y vámonos con Al Gore a celebrar que el calentamiento global (y sí, la importantísima y trascendente vida humana) se ha acabado. O sea, el calentamiento, el enfriamiento y la tibieza. Y nos vendrá de perlas recordar que este planeta, cada "n" millones de años, envía a todos sus habitantes a la tumba para que las generaciones futuras puedan tener petróleo barato. Así que, partiendo de esa premisa, vivo tranquilo sabiendo que una ligerísima variación térmica en el sol puede suponer que acabemos todos como las langostas inglesas de Lloret o las alemanas de Mallorca. O sea, quemados hasta el tuétano.

Y si. De un plumazo se han pospuesto las reuniones fundamentales para definir ese peazo de fusión, esa cacho de comida en París para evaluar la posibilidad de crear un subcomité del comité que evalúe las oportunidades de las derivadas de las pre-conclusiones del informe plurianual de la reflexión de la incorporación de Turquía al arco mediterráneo inferior y suma y sigue. Y miles de paletos vestidos de Armani han colapsado las salas VIP de los aeropuertos gritando a sus secretarias - ¡por el amor de Dios, Conchi, consíguemelo! ¡Hazlo, que para eso te pago! ¡Sácame de aquí! ¡Arráncalo, Carlos, arráncalo! Y la Conchi – y muchas otras – habrán pensado que sí, que ahora a las seis se va a ver Gran Hermano Bis El Retorno Glam de las Mentes Maravillosas y que a su jefe le vayan dando mucha morcilla allí donde esté. Y que se joda en ese hotel de cinco estrellas con el salmón fumé y la madre que le parió. Ya lo sé. Ya sé que a mucha gente normal y corriente – gente pata negra – el volcán también se le ha llevado por delante trabajo, ilusiones, vacaciones y reencuentros. O sea, cosas muy serias. Pero la vida es así. Uno planea al milímetro, traza una línea recta como la del pantalón del traje de Mario Conde y llega la vida y pega un hachazo que envía el plan y todo lo que habíamos soñado al garete.

Vivimos en un mundo esclavo de la ciencia. Y todos, como si fuéramos tontos del culo, asentimos y decimos que sí, claro, que si el Comité Central de Listos de las Cenizas Aéreas lo dice, será por algo. Y lo mismo con la famosísima gripe A. Nos contaron una bola fastuosa – yo me la tragué hasta el fondo -, la Trini se gasto un huevo de pato en vacunas – a pesar de que había ya datos contrastados de su levedad en América Latina -, y ahí están, 11 millones de dosis en el despacho de Trinidad Jiménez esperando que alguien mire para otro lado y pueda tirarlas al contenedor de "metedura de patas", que es el de color rojo con la rosa y el puño. Al ladito del marrón de basura orgánica. Por si la ministra decide hacer un dos por uno y reciclarse ella en Bibiana Aído.

Hemos montado un tinglado en el que lo que mola es vivir aterrorizados. Por una razón muy simple: la gente con miedo es fácilmente manipulable. Y cuando no es el volcán y las peligrosísimas cenizas, es la gripe A y su similitud con la del 18, o no fume (yo durante años fumé en los aviones, con gravísimo peligro para el vuelo, según me cuentan ahora – tócate las narices, pelusín!), no beba, no se mueva mucho, sea mediterráneo, abandone el txoko, protéjase de todo y así vivirá fatal, pero un montón de años. ¡Hasta los viejos ya no se mueren de viejos, si no de enfermedades normales y corrientes! Y uno escucha aterrorizado: murió de un infarto y como tenía 102 años, no lo superó. ¡que no, coño, que se murió de viejo!

Creo que vivimos engañados. Y lo peor, esclavos de cosas que no entendemos. Nos fiamos de una peña que ha decidido, cada pocos meses, contarnos una milonga global. Y nosotros, en vez de decir que sí, que se vayan a la mierda, que aquí me quedo tomando el vermú (no bebas) con un puro (no fumes), bajo el sol de Menorca (tápate) con mi churri (protégete), corremos a pedir una coca cola zero, comer un caramelo sin azúcar (¡!) bajo una triste sombrilla y a hacernos análisis por si la parienta ha tenido un desliz.

Y claro, el hombre acojonado es menos hombre. En todos los sentidos, pero sobre todo en uno: es menos libre.

Lo dijo un santo: ¡ama y haz lo que quieras!

Pues eso.

lunes, 19 de abril de 2010

¡Salvemos al marsupilami!

Era un bicho simpático. Una especie de mono con piel de leopardo y con una cola larguísima y, cuando se enfadaba, tenía una mala leche espantosa y arreaba unos zurriagazos que hacía temblar a los malos. A mí los animales justicieros me han gustado siempre. Y los no justicieros también. Y como soy bíblico y cursi, me gusta eso que dijeron a los primeros seres humanos: "enseñorearos de todo lo creado". Ya no se habla así. Y es una pena. Y eso de enseñorearse incluía a todos los bichos, toros incluidos (aunque creo que los de lidia no existían todavía…) y el verbo excluía hacer el bestia con los animales. O eso creo.

A mí los toros me gustan mucho. Y, como me gustan, me desagradan las reuniones de parroquianos donde los apiolan sin ninguna misericordia. Cualquier reunión. Llámense como se llamen. O sea, no me gustan las corridas de toros. Y debo reconocer que me faltan datos, porque no he estado en la plaza en mi vida. Y a no ser que el maestro Nacho García Campos se arme de paciencia y argumentos y me lleve a ver a José Tomás a Barcelona, creo que moriré sin ver una. E iré para confirmar lo que creo: que es una fiesta sangrienta. Nacho, ¡tú mismo!

Es el nuestro un país de costumbres atávicas. Hemos mejorado, porque antes en no sé qué pueblo los mozos y las mozas tiraban de una oca convenientemente amarrada del gaznate hasta que le separaban la cabeza del cuello; y en otro lugar tiraban una cabra del campanario y se descojonaban (la cabra y los presentes). Parece que ahora lo han prohibido, en aras de poner límite a la bestialidad humana, que cuando la dejas suelta, es ilimitada. Y en ese punto, a mí los defensores de los animales me molan. No los llamados progresistas que con la mano derecha salvan a los toros mientras con la izquierda aprietan el botón de triturar seres humanos (o lo que sean, de acuerdo con la ínclita y nunca bien ponderada Aído). Ni aquellos nacionalistas que quieren prohibir corridas porque les suena español, en un alarde táctico (uno más) para el objetivo estratégico de odiar lo español para ensalzar lo catalán. Y separarse.

Con el permiso de ustedes y si la autoridad lo permite, haré un quiebro y diré lo que quiero decir: ¿Cómo es posible que el ser humano sea tan piadoso con los animales y tan bestialmente descarnado con el ser humano? ¿Cómo es posible que en un país civilizado y avanzado, la solución considerada más progresista sea la eliminación del problema? ¿Hasta cuándo tendremos que soportar a personas que consideran al ser humano una puñetera mercancía de quita y pon? ¿Cuándo nos pondremos las pilas para establecer una red social ESTATAL - ¡oh dioses! - de apoyo a la mujer embarazada para darle alternativas diferentes que la de matar a su hijo? Recuerdo al hipotético lector que hay redes de protección para casi todos los colectivos desfavorecidos. Para casi todos, porque los existentes para mujeres embarazadas son directamente antesalas de la carnicería.

Y ya sé, porque no soy gilipollas, que las que se quedan embarazadas y tienen que pasar por el aro son, como siempre, las pobres. O sea, la inmigrante ilegal aterrorizada por el riesgo de que la deporten, o la niña del McDonalds que patinó con el de ojos azules y que éste (machote) le ha dicho que verdes las han segado y se encuentra con un bombo a los 16 y no tiene ni puta idea de qué hacer. O la violada. O la desgraciada que vive en cualquier barrio marginal de este sanguinario país. Porque cuando esto le pasa a la duquesa de Kent, ésa sí sabe qué hacer. Y hará lo que sea, pero no puede alegar indefensión. Pero a éstas, de facto, sólo se les ofrece una alternativa: el aborto. Cuatro criminales se reparten el pastel. Y el Estado, que debe defender a sus ciudadanos, mira para otro lado, huyendo como una rata de sus responsabilidades. ¡Tan avanzados para unas cosas y tan primitivos para otras!

La maquinaria está perfectamente engrasada. Y funciona con precisión suiza. Es un negocio brutal.

El negocio con el que Europa toca fondo.

¡Qué coño! ¡Son solo seres humanos!

¡Salvemos al marsupilami!

jueves, 1 de abril de 2010

Elena

Sé que cuando lo lea se agarrará un cabreo tremebundo y me enviará a freír espárragos a Antequera o a tomar el viento a Segovia. Lo sé porque nos conocemos muy bien y nos queremos un mundo. Nos conocemos muy bien porque yo empecé a cogerla en brazos cuando ella era una niña de pocos años y así me pasé – junto a mis diez hermanos – toda mi adolescencia, la carrera universitaria y seguimos después, cuando nos hicimos mayores, hasta que apareció de repente un maromo de El Ferrol y puso orden, dijo que basta de elevar a su mujer, que esas cosas las tienen que hacer los maridos. Y hasta ahora.

Elena no puede andar. Un virus cabrón la dejó en silla de ruedas cuando era niña. No tengo – ni yo ni nadie – lo que hay que tener para llamarla minusválida porque mientras la peña andaba mirándola con esa típica cara entre compungida y compasiva en su silla – pobrecica ella, decían los tontos -, la tía aprovechó para rodearse de amigos de esos que no te los quitas ni con espátula, sacarse la carrera de medicina – con dos largas estancias en la clínica por heridas de guerra - y se hizo mayor en Madrid, viviendo sola en un piso de Cuatro Caminos pidiendo a los camellos paquistaníes de la Glorieta que le hicieran el favor de ayudarla a subir y bajar las aceras, y trabajando en un centro médico de la Gran Vía con infecciosos – o sea, enfermos de SIDA y otras lindezas. O sea, lo que hace la gente normal (me descuajeringo de risa). Y un día, llegó un tío que se viste por los pies, gallego él, experto en documentos oficiales y músicas oficiosas y raras, y la llevó al altar. Y ahí anda, de madre total, con dos críos gordos como tocinillos que da gloria verlos. Y un marido que – el tío le llama papá y mamá a mis padres - es un hermano más.

Y sí. Al hilo de esto podría hablar del sufrimiento llevado con un par de narices, o de la unión familiar, o de unos padres a los que nunca oí ni yo ni nadie el menor atisbo de queja, si no todo lo contrario. Pero no. No me da la gana. Porque todo eso iba en el sueldo de la vida. En las cartas que te reparten. Y aquí sí, esas cartas se pueden jugar de muchas maneras. Y lo diré porque es la puñetera verdad: se jugaron de forma extraordinaria por todos los que estaban sentados a la mesa, que eran multitud. Y cada día se sentaban más y no había manera de que la mano bajase de escalera real. Y creo que nos acostumbramos a ganar siempre. Y sin poner cara de póker, subíamos cada apuesta y nos la llevábamos. Y claro, aquello era una fiesta sin fin. Y sigue siéndolo.

Y eso te cambia la perspectiva. Y empiezas a verlo todo, como dijo un santo, "con una nueva claridad". Y en esa claridad uno descubre que sí, que hay gente que sufre cantidad y con problemas muy serios. Y otra que vive de película pero que se arrastra por la vida poniendo cara de pena y con una especie de lamento continuo y maldiciendo su suerte, como si hubiese una conspiración interestelar para joderles y como si la suerte tuviese algo que ver con la vida. Reconozco que no los soporto. Porque sé que es mentira. Sin más. Porque conozco gente que sufre y ha sufrido de verdad y de forma heroica y la ves coger su mochila todos los días y tirar montaña arriba con una sonrisa. Y cuando se estozolan, se levantan, se curan las heridas y siguen subiendo. Con más cicatrices y esa sorprendente e indescifrable sonrisa. Y a veces pienso, ¿y éste por qué coño sonríe con la que le está cayendo? Y como no sé qué contestarme, me limito a admirarles. Y a utilizarles como argumento para decir que, de entre todos los escaladores, hay una que coronó los 8848 del Everest de la vida y que ahí anda, la cabrita de ella, acompañada de otro escalador, buscando otros picos que conquistar. Con un par de narices.

Porque las cosas habrá que decirlas.

Aunque te fastidien Helen.

No me llames.

¡Ni de coña!

miércoles, 24 de marzo de 2010

¡Maldita gente!

La gente es algo inevitable. Te guste o no te guste, ahí están. Con sus caras y sus cuerpos polimorfos y sus ideas pobres, corrientes, belloteras, sublimes, vulgares u originales y sus rollos y sus problemas y su oportunidad o inoportunidad. Y hay días en los que uno está más dispuesto a aceptarla y días en los que uno la enviaría a tomar el viento. Pero no por eso dejan de estar. La hay de todo tipo y color. Soportable e insoportable. Ocupada y ociosa. Sonriente y cabreada. Heroica y cutre. En avión o en tren. Negra, amarilla, ocre, marrón, roja y blanca. Hay cantidad. Resulta agobiante. Vayas donde vayas, hay gente. ¡Coño, están hasta en tu casa!

Debo decir que yo amo al género humano, pero a mi manera. O sea, no soy del tipo optimista vital y simpatiquísimo al que le encanta todo y todo le hace sonreír y que va por la calle boquiabierto ante el vuelo de un puñetero gorrión o dando gracias a Dios por el arco iris. Nada de eso. Confieso que en ocasiones me gustaría ser así, pero cada uno es como es y en el reparto de caracteres, me tocó uno del tipo simpático a días, y tampoco mucho. Pero no por eso dejo de valorar a las personas cuya manera de ser facilita la convivencia. Y éste no es un asunto menor. Una sonrisa oportuna y una voz amable en el puente de ganado aéreo de Iberia de las seis cuarenta y cinco puede cambiar, si no el día, sí cómo afrontes esa tortura que es viajar en avión. Y un encuentro con una persona amable, educada y simpática puede ayudar a sacudirte ese problema – grave o estúpido – que niebla tu día. Hay sonrisas que desarman. Miradas que te envuelven en un halo de paz. Gestos que te reconcilian con el ser humano. Y casi todos vienen de gente que – siempre con esfuerzo, heroico a veces – han decidido que querer a los demás es una buena estrategia de vida. No sé muy bien cómo se hace eso, porque a mí el automático me pide enviar a tomar el viento al modelo de tío peñazo, tostón, inoportuno y tonto. Pero, probablemente por eso mismo, sé que aguantar y no hacerlo es lo que debo hacer.

Hubo un santo que lo dijo gráficamente: hay que poner el corazón en el suelo para que los demás pisen blando. Ya se sabe que los santos suelen decir cosas para otros santos, así que la traducción libre de los que no somos santos ni apuntamos maneras es que debemos intentar respirar hondo diez veces antes de enviar a la peña a la mierda. Y si después de eso logramos sonreír, miel sobre hojuelas. Y si esa sonrisa – que será una especie de mueca, seguro – la consigues transformar en una palabra amable, estás al inicio del sendero correcto.

Hay gente con ángel. Y gente con menos gracia que los Morancos. Y gente a la que le sale de dentro de su alma ser simpática. Y gente a la que no nos sale. A veces nos sale todo lo contrario. Pues bien, con más o menos gracia, más o menos esfuerzo y más o menos éxito, tenemos que iniciar una cruzada para que la gente que nos rodea (todo el mundo tiene cien tíos alrededor con los que se cruza), para que esa gente, pise más blando. Lo tenga más fácil. Sea más feliz.

Porque creo que la gente cabreada, hostil, agresiva, cortante, seca y, en suma, imbécil, hacen que este mundo sea un lugar más intransitable. Más penoso. Más vulgar. Más zafio. Peor.

Y esto no depende de tu carácter.

Depende, como casi todo, de tu voluntad.

O sea, de ti.

jueves, 4 de marzo de 2010

In the last time of government, every day, all day, bonsais…

Ya, ya. Pobrecico mío. Es que le pilló la época del francés y entre ser diputado por León, y el baloncesto, y las niñas góticas y la esposa doricojónica no tuvo tiempo – ¡por Dios bendito! – de escaparse unos días a Irlanda a aprender ese idioma imperialista (y yankee) que hablan algunos miles de millones de individuos. Entre ellos, todos los que son o quieren ser algo en la vida. Es natural. Lo raro sería que un Presidente de Gobierno español hablase el idioma inglés. Exceptúo de esta afirmación a D. Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo, que tenía la cuna y educación que tenía y, además, la educación que se procuró. Pero quitando a la peña dirigente de clase alta, al resto no los podemos enviar al extranjero sin el riesgo de que protagonicen momentos ridículos que harían sonrojar al país entero, si no fuera porque este país - que tan poco se quiere a sí mismo - no se sonroja ni cuando mendigamos una sonrisa a Obama o una puñetera silla en el G-8, G-20 ó G-1000.

Cierto es que Suárez y González cantaban menos, con ese rollo de la transición y el cambio, y ese careto de estadistas que traían puesto y ese "saber callarse" en la escena internacional donde, por cierto, nuestro peso era, como en la actualidad, irrisorio. Pero una vez se ha acabado el asunto de "transitar" y ha habido que coger el toro por los cuernos y presentarnos en la escena política internacional de primera división y jugar allí, nos hemos dado cuenta de que – en comparación con los países que mandan – nuestros políticos son vergonzantes, cenutrios, sectarios, incultos, provincianos y más vagos que la chaqueta del responsable de calidad de servicio de Iberia. Vaya, gente de bajísimo nivel que no pasaría el primer filtro de selección en cualquier empresa. Una panda de mindundis. Por eso, supongo, se dedicaron y se dedican a la política.

Y así nos luce el pelo. Nuestros Presidentes son el reflejo fiel del país en el que vivimos. No es Zapatero. Es España la que contesta con una estúpida sonrisa "sólo en español" a los requerimientos de una periodista inglesa. Cosa que no ocurre en Cuenca, señores, sino enfrente del 10 de Downing Street. Y no es Aznar, si no España la que, con ridículo deje tejano, contesta a la prensa norteamericana: "¡estamos trabajando en ello!", como si se hubiese tragado toda el "agua de fuego" de la reserva de los sioux, si es que existen. Y es España, al fin y a la postre, la que con los pies encima de la mesa, o bailando danzas tradicionales africanas o hablando congoleño (¡hay que oír a Moratinos en pleno ataque epiléptico - lingüístico antes de morir!), es España, repito, la que hace un ridículo internacional del que sólo – y muy de vez en cuando - nos saca el Rey, que tiene la ventaja de que habla el inglés como el español. O sea, fatal. Pero con ese acento Borbón amodorrante e inconfundible (y parece que entendible) consigue templar las gaitas. Y así, utilizando al Monarca, este Gobierno deja, por lo menos, la arrastrada bandera española a media asta.

Tengo algún amigo político que no le gustará lo que digo y me acusará – con más razón que la madre de Leire Pajín - de meter en el mismo cesto a honrados y chorizos, a inútiles y eficaces, a ladrones y santos, a servidores y aprovechados. Lo sé. Pero es cuestión de estadísticas. De un tiempo a esta parte, soltamos por el mundo unos tíos analfabetos lingüísticos incapaces de relacionarse de tú a tú con sus pares. Gente poco seria. Otros más serios (¡quién me ha visto y quién me ve!) como Jordi Pujol se despachan en alemán, francés, catalán, castellano e inglés (este último con menos soltura, pero muy "apañadito") y claro, vendiendo Cataluña a quien en el mundo quiera oírle en el mismo idioma. Que alguno habrá. Vaya, le dan un par de años más, y aprende chino.

Pero lo de este inútil no tiene excusa. Es un ignorante. Uno más. Un Presidente del Gobierno que representa fielmente a un pueblo bastante ignorante también. Y cuando franqueado por Schroeder y Chirac pasea por el jardín de la Moncloa y les dice: "in the last time of the government, every day, all day, bonsais", yo no sé ustedes, pero a mí me pasa lo mismo que a Chirac: que repite "bonsáis", piensa que menudo paleto le han traído, se descuajeringa de risa y, en el fondo de su corazoncito francés se dice: "¡qué bien les hubiese ido a estos provincianos algunos siglos de ilustración!".

Y José Luis acelera el paso, a echarse en brazos de la intérprete.

Hay días en los que quisiera ser francés…

Mon dieu!

viernes, 26 de febrero de 2010

Discriminando, que es gerundio

¡Que no, Bibiana! Que por mucho que te empeñes en afirmarlo, la mujer no es un ser inferior. ¡Que no, tontita! Que por mucho que te empeñes en convencernos, la mujer no es un objeto sexual. ¡Que no, Aído, que no! Que por mucho que gastes la poca viruta que tienes en proclamarlo, la mujer no es un ser discapacitado. ¡Que no! Te lo digo yo, que lo sé. La mujer, señora Ministra, es un ser humano igual al hombre en dignidad, derechos y oportunidades (no hablo de la situación actual de las laborales) y profundamente diferente en cuanto a capacidades. Es simple, ellas tienen más.

No es que haya hecho un estudio, ni siquiera he leído estadísticas. Pero me las conozco muy bien. Obviaré el pequeño detalle de que tengo seis hijas y un hijo, y me centraré en el pequeño detalle de que llevo más de veinticinco años trabajando codo con codo con ellas. Y sé que los próximos veinticinco tienen sexo: femenino. No hay quien lo pare – ni falta que hace -, sólo hace falta echar un vistazo y darse cuenta de que de aquí a nada los puestos de responsabilidad estarán copados por mujeres. Lo sé porque ya se han hecho con el poder en otros escalones de las empresas. Y van subiendo. Lento, porque este es un país cutre de narices y de estructuras medievales, pero seguro. Nos quedan pocos años. A pesar de las insultantes políticas del Ministerio de Igualdad.

Vivimos en un país atrasado, salchichero, medieval y bastante esclavo. Con estructuras caducas y una peña dirigente formada en la discriminación. Pero les quedan dos días. Y si, es un país machista de narices. Es tan machista que hasta un Gobierno teóricamente progresista – permítame que me muera de risa – ha creado un Ministerio de Igualdad dotado con un presupuesto irrisorio (cercano a los 80 millones de euros… miseria y compañía), ha puesto al frente a una inútil declarada que ha promovido campañas denigratorias para la mujer (algunas espeluznantes -y no estoy hablando del aborto) y la peña feminista subvencionada le anda riéndole las gracias en vez de plantarse ante la cara de ZP y exigirle que se ponga las pilas y que haga políticas serias, por ejemplo, de conciliación familiar, por si alguna mujer – alguna habrá – quiere ser una profesional de alto nivel sin renunciar a ser madre. Pero ese es un rollo que requiere capacidad y valentía, y es más fácil el trazo de brocha gorda que el cincel. Más fácil la demagogia que la justicia. Como casi todo en este asco de Gobierno que nos insulta a diario.

Empiezo a ser mayor y a veces me falla el riego y, a pesar de eso, recuerdo muy bien cuando empecé en esto de la consultoría. No había mujeres donde iba. Hoy si. Muchas y en puestos de responsabilidad. Cierto es que en la enorme empresa los Consejos están lleno de hombres viejos. Cuestión de tiempo. Sé que es cuestión de tiempo porque como siempre que las estructuras no cambian, los hechos las hacen cambiar. Y el hecho es que el mercado está lleno de mujeres muchísimo más preparadas que los hombres. No todo es Jauja, y las hay listas, normales y tontas del culo. Con iniciativa y paraditas. Valientes y cobardes. Clavadito, clavadito a lo que pasa con los hombres.

Mujeres a las que cuando Bibiana Aído, "la miembra de la Gobierna", saca a la palestra un mapa genital femenino, se les revuelven las entrañas y – hay que oírlas, machote – andan pensando en que vale, que casi mejor saque el mapa genital femenino de la pastelera madre que la parió. Y que se alteran cuando la patulea feminista en vez de ir al Ministerio a mandarla a tomar el viento, le ríen la gracia y, abanicos en mano, le dan aire y le jalean: ¡Bibi, anda, échanos más de eso, que es lo que necesitamos!

Y lo sé, porque hablo con ellas. Y me acuerdo de Teresa, directora de recursos humanos de un escuela de negocios importantísima y con un montón de hijos, y de Marta, que trabaja a caballo entre Italia y España, y de Vanessa, que ha enviado a tomar el viento un trabajo fijo para irse al quinto pino a mejorar durante algunos meses, y de Almudena, que trabaja catorce horas y cuida de sus dos hijos, y de mi mujer, que trabaja como una mala bestia y además educa (y yo le ayudo, claro) a los siete hijos que tenemos. Y sé que a ellas este rollo del Ministerio las ofende y, a la fin y a la postre, les trae al pairo, porque ya han empezado a cambiar todo por su cuenta, pasando de las políticas de ave de corral de este Ministerio. Y sé que ellas pueden más. En todo.

Lo sé, porque las conozco.

Son para echarse a temblar, hermano…

viernes, 19 de febrero de 2010

La vida sexual de las señoras

Es irrefrenable. No pueden evitarlo. Verte y contártelo, es todo uno. Algunas se excusan torpemente y otras entrarían en todo tipo de detalles si les dieses pie. Sin ningún pudor. Es superior a sus fuerzas. Yo antes ponía cara de moderado interés – más rayano en la cortesía que en el interés propiamente dicho – y aguantaba. Ahora, si voy sólo, las envío al carajo sin contemplaciones. No me interesa. Los complejos y las miserias son de cada uno. Y ya tengo suficientes en mi currículum como para andar sumando las de las cotorras acomplejadas con las que me cruzo.

Siempre empieza igual. Uno sale a pasear, por ejemplo, con la mujer y los siete hijos por el centro de Sant Cugat e, inexorablemente, te cruzas con alguna de ellas. Se quedan mirando con los ojos saliéndose de sus órbitas y dicen, normalmente dirigiéndose a mi mujer: "¿Son todos tuyos?" (¡y míos, señora, coño!) ¡Qué valiente!". Mi mujer, que es una persona educadísima, sonríe y suele no contestar. Yo pongo cara de palo y maldigo mi suerte: "¡Mecachis! ¡Otra tía con problemas!", pienso. Como malinterpretan la simpatía de mi mujer (yo, que la conozco bien, sé que esa sonrisa significa que tengas cuidadín, cuidadín), insiste: "¿Pero todos tuyos de verdad? (¡y míos, señora, cauensupadre!) ¿Y del mismo padre?". Yo, llegados a este punto, ofrezco mi silencio al Niño Jesús, como me enseñaron mis papás, y procuro insultarla por lo bajini, para que mis hijos (todos míos, todos de mi mujer) no me oigan. Luego, cuando me confieso de haberme acordado para mal de la madre de varias señoras, el cura me absuelve - ¿por qué siempre te ponen 3 avemarías de penitencia? -, y hace mal, porque desde luego no me arrepiento de eso.

El caso es que como se meten en medio, te obligan a parar. Y esto es como cuando llevas un rebaño de vacas locas en celo en un día de lluvia por los escarpados de Covadonga y un paisano te pregunta dónde queda Rebolledo de las Matas, provincia, por ejemplo, de Cáceres. La desgracia es inevitable. La diferencia es que las vacas (locas o no) se mueven menos que los niños. Por lo que, tras el parón del matrimonio frente a la tonta de turno, los niños (¡qué valientes sois!) se desperdigan por la calle y aledaños de forma meteórica. Y tú, con cara de tonto y heptaestrábico, intentas no apiolar a la curiosa mientras haces memoria de en qué agujero se ha escondido Beatriz o qué cristal está rompiendo a patadas Carlos.

Pero eso no es lo peor. Lo tremendo es cuando la señora te empieza a contar su vida sexual. Suele ser de esta guisa: "Nosotros tuvimos uno. Y nos costó porque mi Gerardo ya había tenido problemas de movilidad (¿es cojo o está hablando de espermatozoides?, me inquiero)… ya sabes (¿y qué cuerno vamos a saber?)... Y lo estuvimos buscando más de dos años (¿por dónde coño lo buscaban?, me pregunto) y al final me quedé. Pero claro, el segundo no me atreví. Y aunque queríamos una niña, dejamos de buscarla. Aunque mi Gerardo de vez en cuando me dice: "Imbécil (es un nombre figurado que se me acaba de ocurrir), ¿y si tuviéramos otro?". Pero no, no estoy en forma para eso. Yo ya he cerrado la fábrica. Pero desde luego, ¡cuánto me gustaría tener siete! Pero es me encontraron quistes ováricos y el endometrio se me escoñó y las trompas de Falopio están peor que las de la elefanta Susie y me dio una uteritis que me salieron ronchas en los bajos, y claro, así quedarse embarazada es un riesgo, y además, etcétera, etcétera, etcétera. Total, que éste ya se ha hecho la vasectomía. Pero, chica, ¡qué valientes sois! Bueno, pues nada, como te digo una "có", te digo la "ó". Adiós. Y encantada ¿eh? ¡Qué valientes, Gerardo, qué valientes!...".

Miro a mi mujer. Y ella me mira, cómplice. Recogemos a nuestros hijos y pienso que de valientes nada. Que cuando un matrimonio se quiere lo normal es que tengan hijos. Y que la vida con muchos hijos es más difícil, pero más rica. Mucho más rica. Incomparablemente más rica.

Y pienso en Gerardo – pobre diablo con problemas públicos de movilidad – y en el endometrio de la susodicha.

Y pienso en la soledad. Y en el miedo. Y en los que viven con el freno puesto. Atemorizados. Dando sorbitos a la vida en vez de tomársela a tragos. Pensamientos quizá injustos…

Me despierta de mis reflexiones – gracias a Dios - un patadón en la espinilla.

Carlos, botas nuevas,… ¡mecachis en su padre!

lunes, 15 de febrero de 2010

¡¡Es que me subo por las paredes!!

Enseñaba latín para mastuerzos. Era delgado, de frente amplia y, a pesar de su juventud, tenía aspecto de persona mayor. Alardeaba de ser de Ciudad Rodrigo, provincia de Salamanca. Yo no sabía dónde se encontraba eso, ni – desde luego – había estado en mi vida. Aunque lo coloco en el mapa, sigo sin haber estado. Estaba siempre dejando de fumar sin conseguirlo. Recuerdo que al alumno que tenía más cerca le daba el paquete de cigarrillos y le decía: "si te pido, no me des". Era amable y exigente. Y con una paciencia sin límites.

A pesar de eso, se agarraba unas teatrales y tremendas peloteras cuando – latín para mastuerzos – fallábamos clamorosamente en nuestras traducciones. "¡¡No entiendo nada!! ¡¡Yo, es que me subo por las paredes!!", clamaba haciendo gestos de trepar por los muros. Nosotros nos partíamos de risa – con bastante prudencia - y, eso sí, nos afanábamos por acertar con ese lío tremebundo que eran las traducciones del latín al español.

Era un hombre respetado por todos los alumnos y por sus colegas. Un profesor al que se le veía la vocación por la enseñanza con sólo mirarle a los ojos. Uno de los pocos maestros.

He tenido muchísimos profesores y muy pocos maestros. Alfonso es uno de ellos. Sé que es un maestro porque nada recuerdo de su asignatura pero guardo memoria imborrable de lo que de verdad enseñaba: esfuerzo, constancia, superación, precisión, exigencia, perfección. Él ya sabía que no enseñaba latín. Eso lo supo siempre. El latín no era más que una excusa para enseñar cosas valiosas. Por eso era indulgente con las traducciones e intransigente con el trabajo. Sé que veía en esos adolescentes que sudaban tinta china para descifrar a Ovidio, a los hombres que seríamos en el futuro. Y se partía la cara para darnos las claves que nos permitieran descifrar la vida. Como hacen los maestros.

Dejé de verlo, como es natural, cuando acabé el colegio. Luego, como siempre ocurre, la vida y los años te llevan por caminos insospechados y nuevos, y el adolescente que fuiste, y el colegio, y los profesores y los amigos para siempre y todo aquello queda en un etéreo recuerdo, a la espera de que esa vida vivida, de repente, te guiñe un ojo y se haga presente.

Me topé con él en una de las calles concurridas de mi pueblo. Creo que ni me reconoció - los años no pasan en balde - pero amagó un saludo. "Alfonso, soy ex alumno tuyo. Carlos Abadía", me presenté. Total, que tras algunas frases de cortesía vital – o sea de aquellas en las que intentas resumir toda la vida – nos fuimos a tomar una caña. Le expliqué someramente mi vida y me explicó la suya, dedicada cuarenta años a la enseñanza. "Ahora ya me han prejubilado. Así tengo más tiempo para estar con mi mujer y también para tomar alguna caña con algunos ex alumnos – dijo con sorna -. Guardo muy buen recuerdo de vosotros", remató. "Sí, claro, nosotros también de ti", le dije sin tener ni idea qué cuerno de opinión tendrían mis compañeros a los que hacía veinte años que no veía.

Y es que siempre pasa lo mismo. Las personas que de verdad enseñan, influyen positivamente y, por tanto, ayudan a forjar vidas y futuro, son así: que parecen que no se enteran. Y no sé si se enteran, pero disimulan maravillosamente. Educan para que seamos personas, en la enorme acepción del término. A eso dedican la vida entera. Cuarenta años. Cientos, miles de alumnos. Decenas de vidas cambiadas. Y luego uno no puede ni darles gracias, porque quedaría forzado. Pero la realidad es que un buen maestro es un privilegio, un regalo del Cielo. Y que cuando un profesor se dedica a educar más que a enseñar, a transmitir valores más que lanzar conceptos, a guiar a los jóvenes entendiendo cómo son y sabiendo hacia dónde los deben guiar, cuando todo eso ocurre, la ciencia de la educación se convierte en arte, y la profesión en maestría.

Hace poco celebramos los veinticinco años desde que salimos del colegio hacia la vida. Y nos reunimos en la celebración profesores, ex –profesores (ya me han prejubilado…) y ex – alumnos. Dije unas palabras de las que no me acuerdo. Pero sí recuerdo las de Alfonso Ortiz: "En esta vida hay pocos que se alegran sinceramente, sin envidias, de los éxitos de los alumnos. Unos son vuestros padres. Otros, vuestros profesores. Porque los triunfos de nuestros alumnos, son nuestros triunfos".

Los maestros dan lecciones hasta jubilados.

Un privilegio.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Y cuando estoy a punto de desmayarme, me como un quesito

Creo que la película se llama "El diablo viste de Prada" y la conversación entre las secretarias es de este pelo:

- ¡Estás más delgada! - dice una.

- Me he puesto a régimen para la pasarela de París de dentro de un mes - contesta la otra.

- ¿Y qué régimen sigues? - pregunta, curiosa, la primera.

- No como nada – contesta – y cuando estoy a punto de desmayarme, me como un quesito…

El hombre (para las estúpidas luchadoras por la igualdad de sexo, escribo "hombre" como genérico. Para las luchadoras no estúpidas por la igualdad de sexos, no hace falta aclaración) lucha por conseguir las metas más variadas. Entre ellas, adelgazar para ir a una Pasarela en París. Algunas de estas metas son sublimes, otras miserables, otras ridículas, la mayoría ni fu ni fa, normales y corrientes. De andar por casa. Y ésa es la vida del hombre. Fijarse metas y actuar para conseguirlas. Incluso los que se dejan llevar sin límites por los sentidos ponen todas sus capacidades (bastante animales) en conseguir satisfacer esos instintos. O sea, actúan para conseguir sus metas. El hombre es, desde mi modesto punto de vista, un ser por objetivos.

Y esas metas, esos objetivos, suelen ser cortoplacistas de narices. Yo admiro a la gente que tiene un gran objetivo vital y subordina todos los pequeños objetivos que se va marcando a ese gran objetivo. Y ese objetivo vital puede tomar la forma que se desee, pero con un condicionante fundamental: no puede ser caduco. Bueno, puede caducar el día que te mueras. O sea, sería absurdo que un gran objetivo vital estuviese supeditado a algo tan volátil como la salud, la potencia sexual, la fuerza bruta, la resistencia física o las tragaderas o bebederas que se tengan; porque está claro (ley biológico – natural), que, a partir de los cuarenta, desde un punto de vista físico, la ley de la gravedad pasa a ser la ley de la extrema gravedad (o ley de la UCI). Las cosas empiezan a no funcionar como debieran y lo que antes era Jauja se torna Detroit en un par de pestañeos rápidos.

Ya se ve que el argumento – bastante pedestre – me lleva a considerar que un objetivo vital debería ser uno que durase toda la vida, con independencia de nuestras capacidades físicas. Es decir, de nuestras capacidades animales. ¡Somos animales!, proclaman los que como tales actúan. Sí. Cierto. Pero racionales. O sea, estamos dotados de una cosa que se llama inteligencia. Ítem más, voluntad. Y eso – que mis hijas llaman "tarro" – es el fet diferencial del resto de la flora y fauna. Eso es lo que nos hace diferentes. Como a Cuenca las casas colgadas. Y a ese ser animal inteligente con conciencia de sí mismo, le llamamos persona.

Y a esa persona puede actuar – el único ser que puede hacerlo – bien o mal – o sea, acorde con tu naturaleza o en desacuerdo con la misma (en siguientes post me meteré en ese berenjenal de lo bueno y lo malo, la libertad y la naturaleza) y fijar objetivos vitales buenos (por ejemplo, ayudar a todos los prójimos que pueda) o dejarse llevar por la corriente. Nadie en su sano juicio se fija un objetivo vital malo (por ejemplo, cargarse a cuantos prójimos pueda).

Y concluyo que ese objetivo vital acorde con tu naturaleza te hace más persona.

Decía un filósofo de cuyo nombre no me acuerdo que el hombre tiene cosido a su alma un ángel y un cerdo.

Y añado que, por muy pata negra que sea un cerdo, no deja de ser un cerdo.

Oinc!

sábado, 6 de febrero de 2010

Ése hace lo que tiene que hacer

En mi casa dividimos al mundo en dos: personas a las que invitaríamos a cenar a casa y personas a las que no invitaríamos a cenar a casa. El sofisticado criterio que utilizamos es el de si el susodicho nos cae bien o no nos cae bien. Y siempre se centra en personajes más o menos públicos cuya imagen o forma de ser produce atracción o rechazo. Por supuesto, por nuestra casa – que procuramos que sea una casa muy abierta – pasan todo tipo de personas normales, anónimas, nos caigan como nos caigan. Porque todo el mundo, en una cena, te acaba cayendo bien. Cuento entre mis muchos amigos personas que, mutuamente, no nos tragábamos, y que, una vez conocidos, han pasado a engrosar la lista de amigos. En algunos casos, íntimos amigos.

Ésta es una costumbre heredada. Recuerdo que en una de mis casas (o sea, la de mis padres) el number one de gente a la que invitaríamos a cenar lo ostentaba el cantante Raphael, junto con Julio Iglesias, Adolfo Suárez, Jesús Hermida, Felipe González, Jordi Pujol, etc. O sea personas que, con independencia de sus creencias, actitudes o vida personal, en el tú a tú de una cena pasaríamos un rato agradable e interesante y aprenderíamos algo.

Pues bien, en ninguna de esas listas estaba Pepiño Blanco. A mí es un tío que me caía francamente mal. Creo haberlo dicho en algún sitio, pero la figura de perro de presa político que reparte leña por activa, pasiva y perifrástica me pone nervioso. Pero desde que lo han nombrado Ministro de Fomento, mi opinión ha empezado a cambiar. Me ha empezado a caer bien y nos estamos planteando ponerlo en la lista de gente a la que invitaríamos a cenar a casa. El motivo es uno y simple y lo expuso creo que Fernando Ónega en La Vanguardia: "quizá no es un genio, pero hace lo que tiene que hacer".

Conozco mucha gente que hace lo que tiene que hacer. Venciendo dificultades, asumiendo riesgos, triunfando y fracasando, sufriendo, sacando adelante familia, trabajo, empresa y país con una receta infalible: hacer lo que tiene que hacer sin excusas, sin pereza, sin debilidades y sin piedad consigo mismo. Y eso tiene un valor incalculable. Y todos ellos tienen en común una cosa, que es la responsabilidad. Esto lo aprendí durante los años que trabajé con mi padre y hermanos en una consultora. Después de tres o cuatro noches durmiendo muy poco para presentar un proyecto al Consejo (mi padre y un par de hermanos), en un aparte le dije a mi padre: "estoy agotado". Y me contestó lo que los padres comprensivos contestan:"Siervo inútil eres, lo que tenías que hacer lo has hecho". No llega a ser mi padre, y lo envío a freír espárragos. Pero ya se sabe que a los padres hay que respetarlos, así que me limité a pensar "vete a freír espárragos". Pero, tras un sueño reparador, entendí todo lo que encerraba aquello de "siervo inútil…": responsabilidad, cumplir los compromisos, seriedad y respeto al tiempo del prójimo; o sea, hacer lo que se tiene que hacer.

Traducido, cumplir con las obligaciones dejándose de chorradas. Como Pepiño.

Por eso, Pepiño ha pasado a ser Don José.

Sr. Blanco, está usted invitado a cenar a mi casa...